La Dama pálida

La Dama pálida

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La herida estaba en el costado derecho del pecho. Debía haber sido causada por una hoja recta y cortante de dos filos. Recordé haber visto aquel día mismo, en el cinto de Gregoriska, el largo cuchillo de caza que servía de bayoneta a su carabina.

Busqué el arma en su cinto, pero había desaparecido. Smeranda pidió agua, mojó su pañuelo en ella y lavó los cruentos bordes.

La sangre fresca y pura subió a enrojecer los labios de la herida.

El espectáculo que ante los ojos se me ofrecía, presentaba no sé qué de atroz y de sublime a la vez. Aquel vasto salón, ahumado por las antorchas de resina, aquellos rostros bárbaros, aquellos ojos brillantes de ferocidad, aquellos trajes extraños, aquella madre que calculaba, a la vista de la sangre tibia todavía, el tiempo que hacía que la muerte le robara a su hijo, aquel terrible silencio, interrumpido solamente por los sollozos de los bandidos de quien era Kostaki el jefe, todo esto, lo repito, era atroz y sublime a un mismo tiempo.

Por fin, Smeranda acercó sus labios a la frente de su hijo; en seguida, levantándose, y echando hacia atrás las largas trenzas de sus cabellos blancos, que se habían desprendido:

—¡Gregoriska! —dijo.

Gregoriska se estremeció, movió la cabeza y saliendo de su atonía.


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