La Dama pálida

La Dama pálida

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—¿Madre mía? —respondió.

—Acercaos, hijo mío, y oídme.

Gregoriska obedeció, pero estremeciéndose.

A medida que se iba acercando al cadáver, la sangre, más abundante y más encarnada, brotaba de la herida. Por fortuna, Smeranda no miraba ya hacia aquel lado, pues a la vista de aquella sangre acusadora, no hubiera tenido necesidad de buscar al asesino.

—Gregoriska, —dijo la princesa—, sé muy bien que Kostaki y tú no os amabais; sé muy bien que tú eres Walvady por tu padre, y él era Koproli por el suyo, pero por vuestra madre ambos pertenecíais a los Brankovan. Sé asimismo que tú eres un hombre de las ciudades de Occidente y él un hijo de las montañas orientales; pero, erais hijos de una misma madre. Pues bien, Gregoriska, quiero saber si iremos a depositar al hijo junto a su padre sin que haya sido pronunciado el juramento de venganza; quiero saber si puedo llorar tranquila como una mujer, confiando en que tú, un hombre, tomará a su cargo el castigo del asesino.

—Nombradme al asesino de mi hermano, señora, y os juro, que, si lo exigís, antes de una hora habrá cesado de vivir.


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