La Dama pálida

La Dama pálida

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—Jurad, sin embargo, Gregoriska, jurad bajo pena de maldición, ¿entendéis, hijo mío? jurad que morirá el asesino, que no dejaréis piedra sobre piedra de su casa, que su madre, sus hijos, sus hermanos, su mujer o su desposada morirán por vuestra mano. Jurad e invocad sobre vos la cólera celeste si faltáis a tan sagrado juramento; invocad para vos, si faltáis a tan santo voto, la miseria, la execración de vuestros amigos, la maldición de vuestra madre.

Gregoriska extendió su mano sobre el cadáver.

—Juro que el asesino morirá, —dijo.

A este juramento extraño y del que solamente yo y el muerto quizá, podíamos comprender el verdadero sentido, vi o creí verse cumplir un espantoso prodigio.

Los ojos del cadáver se abrieron y se clavaron en mí más animados acaso de lo que nunca los había visto, y sentí, como si hubiera sido palpable aquel doble rayo, penetrar un hierro encendido en mi corazón.

Era ya más de lo que podía soportar. Me desmayé.


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