La Dama pálida
La Dama pálida —Soy Polaca; nacĂ en Sandomir, es decir, en un paĂs donde las leyendas llegan a ser artĂculos de fe, donde creemos en nuestras tradiciones de familia tanto, o más quizá, que en el Evangelio. Ninguno de nuestros castillos deja de tener su espectro, ni existe una sola cabaña sin su espĂritu familiar. Tanto en la mansiĂłn del rico como en la morada del pobre, en el castillo como en la choza, se reconoce lo mismo el principio amigo, que el principio enemigo. A veces entran en lucha y combaten. Entonces suenan en las galerĂas misteriosos rumores, rugidos espantosos en las viejas torres, terremotos terribles que estremecen las paredes, que obligan tanto a aldeanos como a caballeros a huir lo mismo de la cabaña que del castillo corriendo a la iglesia en busca de la cruz bendita o de las santas reliquias, Ăşnicos preservativos contra los demonios que nos atormentan.
Pero otros principios combaten allĂ siempre cara a cara, principios más terribles, más encarnizados, más implacables aĂşn la tiranĂa y la libertad.
El año 1825 presenciĂł entre Rusia y Polonia una de esas luchas en las cuales dirĂase que se vierte toda la sangre de un pueblo, como se vierte a menudo toda la sangre de una familia.
