La Dama pálida
La Dama pálida Mi padre y mis dos hermanos habían alzado pendón contra el nuevo Zar, yendo a agruparse bajo la bandera de la independencia polaca, vencida siempre, pero siempre erguida.
Supe un día que mi hermano más joven había sucumbido, otro día me anunciaron que mi hermano mayor había sido herido de muerte, y por fin, después de un día entero, durante el cual había estado oyendo el aterrador rugido del cañón que incesantemente se aproximaba, vi llegar a mi padre con un centenar de jinetes, restos de los tres mil hombres que capitaneara.
Venía a encerrarse en nuestro castillo con intención de enterrarse bajo sus ruinas.
Mi padre que nada temía por él, temblaba por mí. En efecto, para mi padre no se trataba más que de la muerte, pues que estaba bien seguro de no caer vivo en manos de sus enemigos; pero para mí se trataba de la esclavitud, del deshonor, de la vergüenza.
De los cien hombres que le quedaban, eligió mi padre diez, llamó al intendente, le entregó todo el oro y joyas que poseíamos y recordando que, cuando la segunda partición de Polonia, mi madre, casi niña, había encontrado un refugio impenetrable en el monasterio de Sahastrú, situado en medio de los montes Cárpatos, le ordenó conducirme a ese monasterio que, hospitalario para la madre, no sería sin duda menos hospitalario para la hija.