La Dama pálida
La Dama pálida
No obstante el gran amor que me profesaba mi padre, la despedida no fue larga. Según toda probabilidad, los rusos debían avistar el castillo al siguiente día, y por lo tanto, no había tiempo que perder.
Me puse precipitadamente un traje de amazona con el cual tenía por costumbre acompañar a mis hermanos en sus cacerías. Se me ensilló el caballo más seguro de la cuadra, mi padre colocó en el arzón sus propias pistolas, obra maestra de Toula, me abrazó y dio la orden de partida.
Durante la noche y la jornada del siguiente día hicimos veinte leguas siguiendo las orillas de una de esas rías sin nombre que van a arrojarse en brazos del Vístula. Esta primera etapa nos había puesto fuera del alcance de los rusos.
A los últimos rayos del sol habíamos visto brillar las nevadas cumbres de los montes Cárpatos.
Al terminarse la jornada del siguiente día alcanzamos su base; y por fin, al amanecer del tercer día, empezamos a penetrar en uno de sus desfiladeros.