La Dama pálida
La Dama pálida Nuestros montes Cárpatos no se parecen por cierto a las civilizadas montañas de vuestro Occidente. Cuanto la naturaleza tiene de extraño y grandioso se presenta allí a las miradas en su más completa majestad. Sus tempestuosas cimas se pierden en las nubes, cubiertas de eternas nieves; sus inmensos bosques de abetos se inclinan sobre el pulido espejo de lagos parecidos a mares; lagos cuya límpida superficie nunca surcó la menor navecilla, cuyo cristal, profundo como el azul del cielo, jamás empañó la red del pescador; allí apenas resuena de vez en cuando la voz humana, entonando algún canto moldavo al cual responden los gritos de los animales salvajes. Canto y gritos van entonces a despertar algún eco solitario, asombrado de que un rumor cualquiera le haya dado a conocer su propia existencia.