La Dama pálida
La Dama pálida —SÃ, por más esfuerzos que haga para resistir al sueño.
—¿Creéis ver abrirse vuestra puerta?
—SÃ, no obstante tener echado el cerrojo por dentro.
—¿SentÃs un dolor agudo en el cuello?
—Sà a pesar de conservar apenas mi cuello la huella de una herida.
—¿Queréis permitirme que vea? —me dijo.
Yo recliné mi cabeza sobre el hombro. Gregoriska examinó la cicatriz.
—Hedwigia, —me dijo a los pocos instantes—, ¿tenéis confianza en m�
—¿Y lo preguntáis? —le contesté.
—¿Creéis en mi palabra?
—Como creo en los Santos Evangelios.
—Pues bien, Hedwigia, bajo mi palabra os juro que no viviréis ocho dÃas si os negáis a hacer hoy mismo lo que voy a deciros.
—¿Y si consiento?
—Si consentÃs… os salvaréis quizá.
—¿Quizá?
Gregoriska se calló.
—Suceda lo que suceda, —añad×, haré cuanto me mandéis.