La Dama pálida

La Dama pálida

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Gregoriska se me acercó, me tomó una mano, que no tuve fuerza para retirarle y, mirándome fijamente me dijo:

—Esa palidez no es natural, Hedwigia. ¿De qué proviene?

—Si os lo dijese, Gregoriska, creeríais que estoy loca:

—No, no, decídmelo, Hedwigia, os lo suplico; vivimos aquí en un país que a ningún otro se parece, en una familia que a ninguna otra se parece tampoco. Decid, decidlo todo: os lo suplico.

Entonces se lo conté todo. La extraña alucinación que me sobrecogía a la hora en que Kostaki había debido morir; el terror, el entorpecimiento, aquel frío glacial, aquella postración que me encadenaba a mi lecho, aquel ruido de pasos que creía oír aquella puerta qué creía ver abrirse, en fin, aquel dolor agudo seguido de una palidez y de una debilidad sin cesar crecientes.

Había creído que mi relato le parecería a Gregoriska un principio de locura, y la terminaba con timidez, cuando vi, por el contrario, que prestaba a mi relato atención profunda.

Cuando hube acabado de hablar, reflexionó un instante.

—¿Así, me preguntó, os dormís cada noche a las nueve menos cuarto?


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker