La Dama pálida
La Dama pálida Gregoriska se me acercó, me tomó una mano, que no tuve fuerza para retirarle y, mirándome fijamente me dijo:
—Esa palidez no es natural, Hedwigia. ¿De qué proviene?
—Si os lo dijese, Gregoriska, creerÃais que estoy loca:
—No, no, decÃdmelo, Hedwigia, os lo suplico; vivimos aquà en un paÃs que a ningún otro se parece, en una familia que a ninguna otra se parece tampoco. Decid, decidlo todo: os lo suplico.
Entonces se lo conté todo. La extraña alucinación que me sobrecogÃa a la hora en que Kostaki habÃa debido morir; el terror, el entorpecimiento, aquel frÃo glacial, aquella postración que me encadenaba a mi lecho, aquel ruido de pasos que creÃa oÃr aquella puerta qué creÃa ver abrirse, en fin, aquel dolor agudo seguido de una palidez y de una debilidad sin cesar crecientes.
HabÃa creÃdo que mi relato le parecerÃa a Gregoriska un principio de locura, y la terminaba con timidez, cuando vi, por el contrario, que prestaba a mi relato atención profunda.
Cuando hube acabado de hablar, reflexionó un instante.
—¿AsÃ, me preguntó, os dormÃs cada noche a las nueve menos cuarto?