La Dama pálida

La Dama pálida

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Se renovó todavía al siguiente día la terrible obsesión. Estaba decidida a bajar hasta la habitación de Smeranda, por débil que me encontrase, cuando una de las doncellas entró en mi cuarto y pronunció el nombre de Gregoriska. Gregoriska iba tras ella.

Quise levantarme para recibirle; pero volví a caer en mi sillón.

Lanzó un grito al verme y quiso precipitarse hacia mí; pero tuve fuerza suficiente para extender mi brazo hacia él.

—¿Qué venís a hacer aquí? —le pregunté.

—¡Ah! ¡Venía a despedirme de vos! ¡venía a deciros que dejo este mundo que me es insoportable sin vuestro amor y sin vuestra presencia!, ¡venía a deciros que me retiro al monasterio de Hango!

—Mi presencia os está vedada, Gregoriska, —le respondí—; pero no mi amor. ¡Ah! yo os amo siempre, y mi mayor pena es que de hoy en adelante este amor sea casi un crimen.

—¿Entonces puedo esperar que oraréis por mí, Hedwigia?

—Sí, sólo que no oraré mucho tiempo, —añadí sonriendo.

—¿Qué tenéis? ¿por qué estáis tan pálida?

—¡Tengo… que Dios se compadece de mí y me llama a su lado!


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