La Dama pálida

La Dama pálida

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Pensé que algún insecto me había mordido durante mi sueño, y, como estaba fatigada a lo sumo, me acosté y me dormí. Al día siguiente desperté como de costumbre y como de costumbre quise levantarme tan pronto como se abrieron mis ojos; pero sentí una debilidad que no había experimentado más que una sola vez en mi vida; el día siguiente de una sangría.

Me acerqué al espejo y me asombró mi palidez.

El día transcurrió triste y sombrío: experimentaba una impresión extraña, tenía necesidad de permanecer inmóvil, porque todo movimiento era para mí una fatiga.

Llegó la noche; encendieron mi lámpara; las camareras, así al menos lo comprendí por sus gestos, me ofrecieron quedarse. Les di las gracias y salieron.

A la hora misma de la víspera experimenté los mismos síntomas. Quise entonces levantarme y pedir socorro; pero no pude andar ni hasta la puerta. Oí vagamente el timbre del reloj dando las ocho y tres cuarto; resonaron los pasos, se abrió la puerta; pero nada veía, nada oía, y, como la víspera, había ido a caer tendida sobre mi cama.

Como la víspera sentí un agudo dolor en el mismo sitio; como la víspera, también me desperté a las doce de la noche, sólo que mucho más débil y mucho más pálida.


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