La Dama pálida
La Dama pálida Entonces una sensación extraña se apoderó de mí. Era un terror espeluznante que recorría todo mi cuerpo, helándolo; y mezclado con este terror algo como un sueño invencible que entorpecía mis sentidos: mi pecho se oprimió, se velaron mis ojos. Extendí los brazos y fui a caer de espaldas sobre mi lecho.
Sin embargo mis sentidos no se habían amortiguado tan completamente que me impidieran oír un rumor de pisadas acercándose a mi puerta; en seguida, me pareció que ésta se abría: después ya no vi ni oí nada más.
Únicamente sentí un vivísimo dolor en el cuello. Después de lo cual caí en completo letargo.
A media noche, desperté; mi lámpara estaba aún encendida; quise levantarme; pero estaba tan débil, que me fue preciso probarlo dos o tres veces. Vencí, empero, esta debilidad, como despierta sentía en el cuello el mismo dolor que había experimentado en mi adormecimiento, me arrastré, apoyándome en la pared, hasta el espejo y miré.
Algo parecido a la picada de un alfiler marcaba la arteria de mi cuello.