La Dama pálida

La Dama pálida

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No pude contestar a estas palabras de Smeranda traducidas por Gregoriska, sino con un gemido.

Subí a mi aposento y el cortejo se alejó. Le vi desaparecer por un recodo del camino. El monasterio de Hango no distaba más que media legua del castillo, por el atajo; pero lo montañoso del terreno obligaba al camino a torcer, y siguiendo éste se empleaban, en el viaje cerca de dos horas.

Estábamos en noviembre. Los días eran fríos y cortos. A las cinco era ya de noche.

A cosa de las siete vi reaparecer las antorchas. Era el cortejo fúnebre que regresaba. El cadáver reposaba en el panteón de sus padres. Todo había concluido.

Os he indicado ya la obsesión extraña de que era presa desde el fatal acontecimiento que a todos nos había vestido de luto, y especialmente desde que había visto abrirse y fijarse en mí unos ojos que la muerte había cerrado. Aquella noche, fatigada por las emociones de todo el día, estaba aún más triste. Oía dar una tras otra las horas en el reloj del castillo y me iba entristeciendo a medida que el tiempo transcurrido me acercaba al instante en que Kostaki había muerto.

Oí dar las nueve menos cuarto.


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