La Dama pálida
La Dama pálida En el instante en que se llevaron el cuerpo, quise seguirle, pero las fuerzas me faltaron. Sentí vacilar mis piernas y me apoyé en la puerta.
Entonces Smeranda se me acercó, e hizo una seña a Gregoriska.
Gregoriska, obediente, se acercó.
En seguida Smeranda me dirigió la palabra en lengua moldava.
—Mi madre me manda repetiros palabra por palabra lo que va a decir, —murmuró Gregoriska.
Entonces Smeranda habló de nuevo. Cuando hubo concluido:
—He aquí las palabras de mi madre, —dijo Gregoriska.
—«Lloráis a mi hijo, Hedwigia, porque le amabais, ¿no es verdad? Os doy gracias por vuestras lágrimas y por vuestro amor; de aquí en adelante sois mi hija lo mismo que si Kostaki hubiese sido vuestro esposo; de aquí en adelante tenéis una patria, una madre, una familia. Derramemos la copa de lágrimas que se debe a los muertos, y en seguida seamos entrambas, yo su madre, vos su mujer, dignas del que ya no es. Adiós! Retiraos a vuestra habitación; yo voy a seguir a mi hijo hasta su última morada; a mi vuelta me encerraré con mi dolor y no me veréis hasta que lo habré vencido; pero no lo dudéis, le venceré, porque no quiero que me mate».