La Dama pálida

La Dama pálida

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Parecía una imagen del dolor. Con un movimiento leve como el de una estatua, posó sus labios helados sobre mi frente y con voz sepulcral pronunció sus acostumbradas palabras: Kostaki ama Hedwigia.

No podéis figuraros el efecto que produjeron en mí estas palabras. Semejante protesta de amor hecha en tiempo presente en vez de tiempo pasado; ese ama en vez de amaba; ese amor de ultratumba que venía a buscarme en vida produjo en mí una terrible impresión.

Al mismo tiempo un extraño sentimiento se apoderaba de mí, como si yo hubiese sido en efecto la mujer del que había muerto y no la prometida del que estaba vivo. Aquella tumba me atraía hacia sí, a pesar mío, dolorosamente, como dicen que la serpiente atrae al pájaro que fascina. Busqué con los ojos a Gregoriska y le vi pálido, en pie y apoyado contra una columna; sus ojos estaban fijos en el cielo y no puedo por lo tanto decir si me vio.

Los monjes del monasterio de Hango rodeaban el cuerpo entonando salmodias del rito griego, armoniosas alguna vez, monótonas casi siempre. Yo también quise rezar, pero expiró en mis labios la oración. Hallábase mi espíritu perturbado en tal manera que me parecía más bien asistir a un conciliábulo de demonios que a una reunión de sacerdotes.


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