La Mano del Muerto
La Mano del Muerto — ¿Sabéis algún secreto capaz de volverme amable a los ojos de mi hija y los de mi mujer? Una se halla en vÃas de hacer una fortuna en la bella carrera artÃstica; la otra posee millón y medio. Ya podéis calcular que un hombre como yo, sin nombre y sin fortuna, no debe despreciar una familia de éstas.
— ¡Oh, sois un bribón de buena clase, por mi alma! —dijo Benedetto, soltando una carcajada entre dientes, que hizo estremecer al pobre traficante.
— ¿Y vos? —atrevióse a preguntar Danglars con gesto brutal.
—Tenéis razón; yo también no lo soy menos, y asà viviré el resto de mi vida, respondió Benedetto, encendiendo un cigarro y balanceándose sobre la silla.
—Es el único medio de vivir bien en este mundo, donde la virtud no tiene un lugar cierto, caminando errante y avergonzada porque no la corresponden.
—En ese caso concuerdo con vos; pero dejémonos de reflexiones y vamos a lo que importa... ¿queréis juntaros con vuestra hija? —preguntó Benedetto.