La Mano del Muerto

La Mano del Muerto

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—Yo os diré. Juntarme... no, porque... después de todo ella tiene ridiculeces que me desagradan mucho. Sería mejor buscar un medio para volver a los brazos de mi mujer. ¡Oh! Pobre señora... cuando la abandoné poseía millón y medio; ahora, con su genio especulador, debe de haber doblado el capital; y hoy, sin duda, posee tres millones, ¡Diablo!, tres millones en el corto espacie de tres años, os juro que los tres millones habían de producir el doble en mis manos. Os aseguro, mi caro, señor, que nos podríamos acomodar.

— ¿Qué es eso? —interrumpió Benedetto, con cierto tono imperioso—. Todavía yo no he pedido nada.

—Entonces... —preguntó Danglars, sin comprender lo que decía.

—Señor barón...

— ¡Mala porfía! Yo no soy barón sin dinero. Lo habéis de tener dentro de poco, yo tengo trazado mi plan y donde no puede llegar la mano de un vivo...

— ¡Llegará la de Dios!

Benedetto soltó una carcajada estridente y sarcástica.

—Mi amigo —dijo—; he visto a los hombres burlarse de Dios, de un modo tal, que he llegado a dudar de la existencia de ese Dios. Yo quise decir que donde no llega la mano de un vivo ha de llegar la de un muerto.

Danglars se estremeció y dijo:

—Sí, es malo jugar con los muertos,


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