La Mano del Muerto
La Mano del Muerto — ¡Per la Madonna! —exclamó él guardando su rosario—. Mi nombre ya va siendo en exceso conocido por aquà a la luz del sol y será prudente que no lo pronuncies tan alto.
—Ciertamente es verdad; más, ¿qué quieres si el júbilo lo exigió? —respondió Pastrini.
— ¿Y cuál es tu júbilo, o de qué es? —inquirió Pipino.
—Ya te lo dije —respondió Pastrini, tomando cierto aire de importancia que llamó la atención de Pipino—. ¿Te acuerdas de una cuestión que tuvimos, cuando estuvo aquà el refinadÃsimo villano, hechicero y antropófago, llamado conde de Monte-Cristo?
— ¡Hola! Pastrini, eso va tuerto asà —dijo Pipino frunciendo el entrecejo—. Cuando hables de nuestro patrón, de nuestro salvador, ha de decir el señor conde de Monte-Cristo, si no quieres que quedemos mal ¿entiendes? El signor conde me salvó la vida, logrando en mi favor la indulgencia de Su Santidad, cuando yo ponÃa un pie ya en las gradas de la mazolata, y resguardaba a mi jefe Luis Vampa, en lugar de entregarlo a la justicia, cuando por una casualidad ellos quedaron en sus manos; ahora debes conocer muy bien que no yo, ni Luis Vampa, ni ninguno de nuestros guerrilleros, tolerará que un hombre como tú hable sin cortesÃa en relación al signor conde.