La Mano del Muerto

La Mano del Muerto

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El maestro Pastrini era cauteloso y prevenido y tenía una cualidad innato a todos los de su oficio; esto es, la curiosidad encumbrada al último grado; así es que cuando advirtió salir a la visita del viajero francés, llamó a uno de los mozos de la casa, y mostrándole el misterioso barón, le encargó que le persiguiese hasta conocer donde moraba.

El mozo, astuto y sagaz como todos los vagos de Roma, efectuó a conciencia el mandato de Pastrini, y como resultado de esto el pobre barón empobrecido no daba un solo paso que Pastrini lo conociese al momento.

Luego de haberlo dispuesto de este modo, intentó hacer señal para que subiese un hombre que asiduamente deambulaba en la calle, frente a la posada, desde las tres hasta las cuatro o cinco de la tarde; este hombre, reconociendo la señal de Pastrini, se envolvió en la capa, se echó el sombrero sobre los ojos y subió la escalera, introduciéndose luego en una habitación que Pastrini había establecido como su escritorio.

El recién llegado se sentó, se despojó de la capa, tiró el sombrero y se dispuso a esperar; pero, mientras tanto, por aquella vieja costumbre del pueblo italiano, buscó en el bolsillo un rosario, y empezó a pasar las cuentas por los dedos como si rezase las relaciones.

— ¡Hola! ¡Amigo Pipino! —dijo Pastrini, ingresando al recinto, cuya puerta cerró precavidamente.


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