La Mano del Muerto
La Mano del Muerto — ¿Qué conde, amigo? Ya te dije que no hay conde de Monte-Cristo, sino sencillamente un misterioso hechicero a quien la ley persigue.
— ¿Y tú crees en eso? —dijo Pipino moviendo la cabeza con aire de duda, pues la palabra "hechicerÃa" la tenÃa por el más completo absurdo.
— ¡SÃ, creo! ¡Oh!... si tú vieras a mi huésped, macilento, bajo, flaco, trémulo, siempre envuelto en un largo capote, evitando mi encuentro y el de todos... y además habituado en los mismos cuartos que el conde habitaba...
— ¿Y pagando como él?..
— ¡Per Bacco! Ni un real de menos; por eso le sirvo y respeto ejecutando exactamente todos sus caprichos.
Pipino quedó algunos momentos pensativo; después, como si hubiese concertado un rápido plan, dijo:
— ¿Alcanzará tu maña al punto de hacerme ver tu misterioso habitante de los cuartos del signor conde?
— ¡Ah! ¿Y para qué? —dijo el posadero.
—Yo serÃa capaz de reconocerlo.