La Mano del Muerto
La Mano del Muerto — ¡Ah!... La ciencia es infinita. Parece que fue creada por el diablo para tentar a los hombres y perderlos en el momento en que ellos tuviesen la vanidad de creer en su ciencia les habÃa hecho poderosos y omnipotentes como Dios. Tu conde de Monte-Cristo es de los que tienen esa vanidad, porque por su mero juicio quiso proponer y disponer, como si tuviese la existencia del hombre y la existencia de Dios. Ahora ¿crees que nuestro gobierno dejará de perseguir a un hombre de éstos? ¡No! A estas horas los agentes de Francia se habrán puesto de acuerdo con nuestro ministerio, y mañana el famoso semidiós será perseguido, no sólo en Roma, sino en toda Italia.
— ¿No me dijiste que habÃa mudado de forma y de nombre? —preguntó Pipino, que comenzaba a creer lo que oÃa—. ¿Cómo, habiendo mudado de forma y de nombre, será reconocido por los agentes de Francia?
Pastrini se sonrió como una persona que disculpa la ceguedad de otra en un negocio cualquiera.
—Amigo Pipino —respondió palmeándole en la espalda—, aquà en mi casa está uno de esos agentes franceses, y éste desconfÃa ya mucho de un misterioso personaje que también está aquÃ.
— ¡Qué dices! ¡El signor con de Roma! —exclamó Pipino con precipitación.