La Mano del Muerto
La Mano del Muerto En este momento se sintió una pequeña señal en la puerta y Pastrini hizo un gesto de inteligencia a Pipino, que se fue luego a sentar en el rincón más oscuro del cuarto a rezar su rosario. Pastrini abrió la puerta, y vio a la persona cuya llegada habÃa presentido; esto es, el hombre que estaba encargado de seguir el supuesto agente en recompensa el permiso de ir a comer a la cocina de Pastrini, en la cual se reunÃan todas las noches algunos malandrines, que empleaba él en el giro de su pequeña policÃa y a los cuales alimentaba bajo el pretexto de simple caridad.
— ¡Sangre de Cristo! —exclamó Pipino, levantándose y tomando su capa, asà que el espÃa hubo salido.
— ¿Qué es eso? —preguntó Pastrini, notando que el bandido se disponÃa a salir—. ¿Y la comida?
—Después de contarme tan extraña historia de mi salvador, ¿quieres que me detenga, imbécil?.. Hasta mañana; ahora voy a sorprender al agente francés.
Y diciendo esto, hizo ese gesto de enérgica resolución, tan propio de los bandidos romanos frente de las más difÃciles empresas, saliendo inmediatamente del pequeño escritorio de Pastrini, para dirigirse a la pobre habitación del barón arruinado, portero del Teatro Argentino.