La Mano del Muerto
La Mano del Muerto — ¡Ah! —exclamó Pastrini observándolo salir—. Yo siempre opiné que un hombre tan opulento y rodeado de tantas fantasÃas como el tal conde de Monte-Cristo, no podÃa ser buen cristiano a pesar de su tÃtulo. ¡Servido por un esclavo mudo! ¿Y por qué habÃa de ser mudo su criado particular? Cuando no se realizan cosas que el mundo reproche, no es necesario tener un criado mudo. Después, su amante era una griega que no entendÃa ni el italiano, ni el francés, ni el inglés... Además, estaba relacionado con los bandidos... ¿qué más se precisa para dar mucho que hablar al mundo? Yo por mà iré hablando y voy viendo que el hombre era un refinadÃsimo truhan.
—Vamos al cuarto del otro agente francés.
Mientras sucedÃa el diálogo anterior entre Pastrini y el salteador Pipino, Benedetto cavilaba intensamente sobre el misterio en que parecÃa rodeado su vecino del primer piso; luego, como si hubiese tomado una decisión definitiva, se sentó y dispuso papel y plumas para escribir.
— ¡Por fin voy a descubrir quién es mi vecino! —dijo triunfante—; mi proyecto es bueno y desde ahora le auguro un bello resultado.
A continuación escribió esta carta:
