La Mano del Muerto
La Mano del Muerto Pipino, siguiendo la indicación de la casa donde vivía el pobre barón arruinado, actual portero del Teatro Argentino, llegó allí sin el menor incidente, después de haber ido en busca de su banquero (porque los bandidos romanos se entienden con algunos usureros o banqueros) para pedirle cierta cantidad de florines. Como persona hábil en su oficio de bandido, observó la casa, la puerta y las ventanas; reconociendo que no sería posible introducirse allí por medios violentos, recurrió entonces a la astucia y golpeó la puerta.
—Yo no quiero más que daros una carta, excelentísimo.
— ¡Hola! Me da el tratamiento de excelentísimo —observó Danglars consigo mismo, agregando después en alto: ¿Decís que tenéis una carta de quién?
—No sé, excelentísimo; lo que puedo aseguraros es que la carta viene de Francia.
— ¡De Francia! —dijo Danglars en voz baja y sintiendo la frente bañársele de sudor—. Acaso estéis equivocado, amigo. ¿Quién me la envía?
Pipino se turbó algo con la respuesta; empero, concibiendo luego un pensamiento, dijo:
—Es un señor que había en la posada de maese Pastrini, plaza de España.
— ¡Vamos, es el tal Andrés Cavalcanti! —pensó Danglars abriendo la puerta.