La Mano del Muerto
La Mano del Muerto —Descansad; vuestro huésped no hablará de este suceso y el crédito de vuestra cocina quedará, por esta parte, sin mancilla. Vamos, Pastrini, me haréis creer, por vuestro escrúpulo, en la existencia de relaciones íntimas entre vos y vuestro misterioso huésped. Yo que soy, como sabéis, un estudiante natural de Picardía, que viajo por instruirme en bellas artes, examinando minuciosamente los monumentos de arquitectura antigua y moderna, estoy acostumbrado a no tolerar misterios, ¿habéis entendido? A más de eso, os declaro que yo desconfió mucho de vuestro huésped, esto es: lo juzgo sabio en química y física, a más de ser uno de los mejores arquitectos de Europa y quiero hablarle precisamente. Id, pues, Pastrini, tal vez ganéis una ocasión para hablar así a aquella especie de nigromántico que sería capaz de adivinar el día de vuestra muerte, con su nigromancia infalible.
Pastrini, que se moría por hablar al huésped del primer piso, se contentó con lo que Benedetto le encargaba y se encargó de remitir la carta.
Ahora sigamos a Pipino a casa del supuesto agente del gobierno francés.