La Mano del Muerto

La Mano del Muerto

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— ¡Ah!, ¡hemos llegado precisamente al punto esencial de la cuestión! —exclamó Luciano, golpeando con el puño el respaldo de la silla, con el semblante impaciente de Alejandro cuando, para terminar la lucha, arrojaba su bastón a la arena.

— ¡Como! —preguntó la señora Danglars abriendo desmedidamente los ojos, e irguiéndose sobre el diván, en que hasta entonces estuviera reclinada con toda la indolencia de una amante apasionadísima.

—Los periodistas de la oposición se gozan especialmente en sacar a relucir la vida privada de los ministros. Bien; pues, aquí para entre los dos, donde nadie más nos escucha, lo esencial de vuestras partidas es el juego, y no quiero yo que a nadie se le pase por la imaginación que por ese medio obtengo alguna fortuna.

— ¡Pero la habéis obtenido ya! —observó la baronesa.

—Estoy resuelto a no continuar —dijo con firmeza Luciano— y me desligo de vuestros intereses, conservando sólo el vínculo sencillo de la amistad.

— ¡Pues bien, Caballero —gritó la baronesa fuera de sí y profundamente herida en su amor propio, por lo mismo que comprendía lo que tales palabras significaban—: ni aún consiento tal sacrificio! Ajustemos cuentas y después...

— ¿Y después? —preguntó él con una sonrisa de desprecio.


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