La Mano del Muerto
La Mano del Muerto —Os repito lo que hace un año, cuando me mostrasteis la carta de vuestro marido en que os dirigÃa estas palabras: os dejo como es he tomado, rica y poco honrada.
Estas palabras, que hubieran anonadado a cualquiera otra mujer, no hicieron más que arrancar una ligera sonrisa de orgullo ofendido de los labios de la baronesa.
Luciano prosiguió:
—Insisto en que viajéis. En el último año poseÃais un millón doscientos mil francos, o lo que es igual, sesenta mil libras de renta; y hoy reunÃs dos millones cuatrocientos mil francos que equivalen a ciento veinte mil libras de renta. ¡Qué os importa ParÃs! Decid a vuestras amigas que vuestro marido está en Roma o en Civita-Vecchia, o en Nápoles, y que os ha suplicado en nombre de Eugenia fueseis a hacerle compañÃa. Ellas propalarán la noticia; y podéis entonces dirigiros a Londres.
— ¿Y queréis que nos separemos, Debray? —preguntó la baronesa, pugnando por arrancar una lágrima rebelde—. ¡Ah!, ¡eso es imposible!...
Luciano nada dijo; pero, mirándola de soslayo, se levantó.
—Hace un año y medio que somos socios y nuestros intereses han ido viento en popa... y ahora, que sois ministro de hacienda irán cada vez mejor...