La Mano del Muerto

La Mano del Muerto

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—Como siempre lo creí —replicó Luciano—, Si hasta ahora vuestra permanencia en París no ha sido risible, no creí jamás que lograseis conservar por mucho tiempo la máscara... ¡y ahora menos que nunca!

La baronesa dejó asomar una tenue sonrisa de orgullo ofendido y replicó:

— ¡Es porque nunca tuve secretos con vos, como los tengo con todos! Si creyerais como ellos, que el barón Danglars viaja con su hija Eugenia, jamás os convenceríais de que ambos me han abandonado.

—Hablemos claro —replicó Debray—: hace un año que el barón siguió el ejemplo de Eugenia, y desde esa época el mundo parisiense los supone entregados al placer de viajar. Esto, en verdad, es muy sencillo; pero el tiempo irá corriendo y puede aburrírsele a alguno el mal gusto de preguntar cuándo regresarán el barón y su hija.

La baronesa se estremeció.

—Más tarde —prosiguió Debray— habrá algún otro que se atreva a reírse de la demora de los viajeros; y dentro de poco todo París se reirá también. Ya veis, querida baronesa, que por este lado no vamos bien.

—Aconsejadme, pues, Debray —dijo la baronesa con aquella su tímida inocencia, propia de una chiquilla de quince años, pasando sus manos sobre el brazo de Luciano.


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