La Mano del Muerto

La Mano del Muerto

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— ¡Oh! Eugenia... ¡Por qué me dejaste también! —y una lágrima cayó por el semblante pálido y altivo de la señora Danglars, que, haciendo un movimiento como para desterrar una idea que la afligía, atravesó el pequeño gabinete y se puso a observar el patio por una ventana entreabierta.

Permaneció así hasta que sintió rodar el último carruaje; entonces apresuróse a abrir la puerta de una escalera secreta, luego de lo cual volvió y sentóse en un diván de seda azul. Luciano Debray cerró la puerta de aquélla y fue al encuentro de la baronesa.

—Y bien, Debray —preguntóle con cierta ansiedad.

Debray se quitó los guantes, colocó la capa y el sombrero sobre una silla y sentóse al lado de la baronesa como persona de su más íntima confianza.

—Hablad, Debray; esa serenidad me asusta. ¿Beauchamp os ha suministrado alguna mala noticia?

—Todo cuanto pude averiguar, sin pasar por indiscreto, fue una sencilla palabra —respondió Debray con calma.

— ¡Ah!... —exclamó la baronesa con ira.

—Y esa palabra es un nombre de mujer..., el vuestro, por ejemplo.

—Creéis, pues, que corro riesgo...


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