La Mano del Muerto

La Mano del Muerto

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—Espero que seáis magistrado —interrumpió Debray, como si dijese: ¡espero que seáis amigo!—. Ahora aspiro conocer el nombre de la señora para cerciorarme... Tendríais la bondad...

A esta pregunta, directa, que ya esperaba el procurador del Rey, no pudo excusarse de contestar sin pasar por incivil ante el ministro, haciéndole entender que dudaba de su discreción; acercóse, pues, a Debray y murmuró una palabra a su oído.

Debray se turbó; pero, disimulando en el acto su azoramiento, despidióse del procurador y volvió a la sala en que la baronesa parecía esperarle con impaciencia. El procurador del rey se retiró de casa de la señora Danglars sonriendo cáusticamente.

Cuando se retiraron los visitantes, cuando los banqueros recogieron de sus mesas el oro y sus billetes de banco, la baronesa hizo a Debray una señal de inteligencia, y dejó a la vez los salones para entrar en sus habitaciones, llenos aún de más lujo y riqueza que el resto del edificio.

La baronesa abrió una puerta vidriera que daba a un gabinete de música con su respectivo piano, y mirando a éste con tristeza exclamó;


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