La Mano del Muerto
La Mano del Muerto Tiempo después notó el magistrado que alguien le seguÃa con el fin de hablarle; acortó el paso, y sin volver el rostro para no descubrir que sabÃa que era seguido, dejóse alcanzar.
— ¿Podré tener el honor de hablaros, señor Beauchamp?
— ¡Oh!, señor ministro; estoy a vuestras órdenes,
—Señor, no debéis desconocer lo mucho que me interesa cuanto hace relación a vuestra quietud y tranquilidad —dijo Luciano Debray, apartándose con él a una sala desocupada—. Pues Bien: creo que en mi lugar os angustiarÃais al observar el semblante de un procurador del rey turbado y abatido...
— ¡Oh!... dispensadme... quizá por ser principiante todavÃa no he aprendido a conservar ese rostro de piedra que conviene a un magistrado.
—No intentaba contradeciros, señor de Beauchamp; bien sé que un magistrado es un hombre de tacto, y al haberme enterado por mis agentes de un suceso, al cual ciertamente doy bien poca importancia, viéndoos de tal manera contristado, me es necesario creer todo cuanto se me ha revelado ayer... y además... el honor de una señora a quien estimo y respeto... me hace atreverme a interrogaros, señor Beauchamp.
— ¡Ah!, ¿sabéis, pues, señor Debray?.. Os aseguro que si en verdad el hecho fuese cierto...
