La Mano del Muerto
La Mano del Muerto —Yo no puedo encargarme de eso.
—Pues bien; ¿la conduciréis al convento que os indique?
—Eso sÃ, con tal que nos abran las puertas.
—Las abrirán.
—Indicadme, pues, la noche del rapto...
—La primera en que se presente SemÃramis, antes de empezar la función.
— ¿El convento?
—Os mandaré aquà el nombre de él mañana al mediodÃa.
—Entonces, como no he de tener honor de volver a veros, pagadme ya.
Serviéres estaba prevenido, y sacando su bolsillo, contó al bandido el dinero que le pedÃa.
—Muy bien —dijo la señora Danglars asà que le vio salir—. El convento curará tu delirio de una libertad que me compromete, Eugenia, y tú te arrepentirás un dÃa de haber abandonado a tu madre.
En la noche del dÃa siguiente, recibió la señora Danglars la carta que le dirigÃa Benedetto por conducto de Pastrini; esta carta estaba concebida en los siguientes términos.
«Una persona que aprecia y respeta mucho a vuestra excelencia que se lo avise, pues en manera alguna deseo sufra el menor contratiempo.
«Vuestro afectÃsimo,