La Mano del Muerto
La Mano del Muerto —Se trata de robar a la señorita Eugenia d'Armilly.
—Es muy sencillo.
— ¿Cuando?
—Indicad vos mismo la noche y la hora.
— ¿Cómo?
—ExcelentÃsimo, he oÃdo decir que pagabais bien; por tanto, debo serviros bien; os repito, pues, que indiquéis la noche y la hora para ejecutar el rapto.
—Antes de todo, quiero recomendaros una cosa —dijo Serviéres vacilando, como si temiese cortar con ese golpe traidor la libertad de Eugenia.
—Decidla.
—El más profundo respeto...
—Desde luego.
—La menor violencia posible.
—No tengáis cuidado.
— ¿Y quien me asegura vuestra puntual obediencia?
—Me pagaréis después del trabajo, excelentÃsimo, y la señorita Eugenia dirá por su propia boca si le falté el respeto debido, excepto en el acto de apoderarme de su persona.
— ¿Dónde os encontraré?
— ¿Conocéis las catacumbas de San Sebastián?
—No —respondió Serviéres, continuando después—: la misión es un poco más extensa. No basta el rapto; es necesario conducir a Eugenia hasta Nápoles.