La Mano del Muerto
La Mano del Muerto El bandido se sonrió e hizo un gesto de indiferencia, como dando a entender que esperaba algo más difÃcil.
—Muy bien —continuó Serviéres después de pensar un momento—. ¿Nos escuchará alguien?
—Estamos solos —respondió el bandido.
— ¿Acostumbráis a frecuentar los teatros?
—Cuantos hay en el reino de Italia.
— ¡Ah! ¿Entonces habéis visto toda Italia?
—Conozco este brazo de tierra desde Regio hasta Aosta, tanto del lado tanto del lado de Córcega como del adriático.
—Se trata del teatro Argentino.
—Hablad.
— ¿Conocéis a las nuevas cantantes?
— ¿Quién no conoce ya en Roma a las señoritas d'Armilly?
—Me refiero a la más joven.
— ¿Eugenia?
—SÃ.
—Continuad.
—Figuraos que hay un hombre que la ama con delirio. Con este hondo sentimiento que hace olvidarlo todo para conseguir el objeto amado; que se fortalece con el frÃo desdén de la persona amada; y que, semejante al rayo que atraviesa las regiones de hielo, es preciso que venga a su punto determinado.
—Pues bien...