La Mano del Muerto
La Mano del Muerto La baronesa tuvo que sufrir este modo de pensar de la vieja y esperó hasta la noche siguiente, con impaciencia, que pareciese el hombre necesario para consumar el rapto.
Cuando llegó la noche, el joven enfermo de la familia Serviéres, salió embozado en su capa, y se dirigió a casa de la vieja, donde, contra su costumbre, no quiso mudar de ropa, ni transformarse en baronesa Danglars. — ¿Y el hombre? —Aquí está. — ¿Quién es?
— ¡Alto mi señora; que os sirva bien y páguelo su excelencia, y los demás a Dios pertenece!
— ¡No le descubráis mi sexo!
—Descuidad.
—Ahora poned la luz de aquel candelero de modo que me dé sombra y hacedle subir.
La vieja obedeció y el supuesto joven de la familia Serviéres se embozó en su capa, recostándose en una gran silla de hamaca.
Momentos después sintió los pasos de un hombre que subía la escalera y luego vio aparecer a este hombre, en cuya fisonomía se revelaba la astucia de la zorra y la valentía del león. Con una rápida mirada examinó el joven Serviéres con voz disfrazada.
—Sí, excelentísimo —respondió el hombre.
— ¿Aún cuando la comisión que se tratase fuera un rapto?