La Mano del Muerto
La Mano del Muerto La señora Danglars, que por una exigua cantidad compraba el silencio de la vieja, aumentó dicha porción para tener el derecho de exigir secreto de mayor importancia; lo cual agradó mucho a la vieja; asÃ, pues, la llamó y le dijo:
— ¿No habrá en Roma un hombre decidido, que sea capaz de una empresa difÃcil, pero lucrativa?
—Hay muchos.
—Lo más inteligente posible.
—Lo hallaré.
— ¿Cuándo?
—Mañana.
—Corriente, ese hombre habrá de frecuentar el teatro, como persona habituada a este género de espectáculos.
— ¡Oh! respondo por él.
—Habrá de llevar a cabo una especie de rapto.
—Uno o dos, cuantos quisiereis.
— ¿Y quién me responderá de su obediencia?
—Su propio interés.
— ¿Y de vuestra discreción?
—Lo mismo que me garantiza la vuestra. Vinisteis aquà y creà que erais hombre; después vi que sois mujer como yo. Desde entonces frecuentáis mi casa, donde mudáis de ropa y forma siempre que os place; no sé quién sois ni lo indago. Si fueseis criminal y os capturasen, espero que no hablaréis de mÃ.