La Mano del Muerto

La Mano del Muerto

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Diciendo esto, se sentó nerviosamente a su mesa y escribió, dobló el papel, le puso el sello y sobrescrito con estas palabras:

»Al Sr. Conde de Monte Cristo.

Con mucha urgencia.»

Cuando Pastrini recibió esta carta para darla al vecino del segundo piso, fue grande su sorpresa leyendo el sobre de ella. Estuvo para retroceder con el fin de objetar que semejante hombre no habitaba allí, ni estaba en Roma; pero acordándose de las palabras de Benedetto, y reflexionando que éste le explicaría el enigma, subió con pies de lobo al segundo piso y entró en la habitación de su huésped.

—Excelentísimo, vengo muy fatigado.

— ¿Habrás caminado mucho?

— ¡Oh, habrás subido corriendo la escalera!

— ¡Per la Madonna! Vengo fatigado con el peso de una carta.

— ¡Hola maese!...

— ¡Pues no creáis que no!... sobre todo cuando la carta tiene escrito un nombre como el de ésta.

— ¿Qué nombre?

— ¡Conde de Monte-Cristo! —respondió Pastrini.

—Dádmela —dijo vivamente Benedetto, y antes que Pastrini tuviese tiempo de decir una palabra la carta estaba ya en la mano temblorosa del famoso criminal.

—Pero, excelentísimo, vos no sois el conde.


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