La Mano del Muerto
La Mano del Muerto —Es lo mismo, soy su secretario...
— ¿Vos? —dijo Pastrini espantado—, ¿vos? ¿no habéis dicho que...?
— ¡Ah! Pastrini, os declaro que no continuaré una hora más en vuestra casa porque sois un curioso insoportable.
Pastrini no comprendÃa nada de lo que pasaba allÃ, desde algunos dÃas y se vio obligado a retirarse a su pequeño escritorio, donde esperó ocasión de hablar a Pipino para contarle que estaba en Roma el secretario del famoso conde.
Benedetto salió de la hospederÃa de Pastrini, llevando su misterioso cofrecito y una pequeña valija de cuero que componÃa todo su equipaje, con el firme propósito de aprovecharse hábilmente del feliz descubrimiento que habÃa hecho. Fue, pues, a casa del portero del Teatro Argentino, y golpeó con tanta insistencia la aldaba, que el pobre banquero arruinado dio cuatro saltos sobre la silla a riesgo de quebrarla. ¡Hola, barón! —gritó Benedetto.
—¡TodavÃa la misma manÃa, señor! ¿Queréis comprometerme, sin duda?
—Amigo mÃo, cuando os llamo barón es porque estoy convencido de que rescataréis vuestra fortuna —respondió Benedetto, subiendo y dejando a un lado su pequeña valija, pero conservando el cofre bajo el brazo.