La Mano del Muerto
La Mano del Muerto El barón se encogió de hombros, traspuso la puerta y atravesando la primera sala fue a presentarse en el gabinete donde estaba la señora Danglars.
La baronesa se ocupaba, en acomodar sus lindos cabellos frente a un espejo y en su fisonomÃa nadie podrÃa haber notado el menor indicio de la emoción que la agitaba media hora antes.
Antes de que el barón la viera, ya ella le habÃa observado a través del espejo; y la señora Danglars pudo darse cuenta del aire cortado con que el barón se presentaba, aunque hacÃa un gran esfuerzo para sobreponerse a su embarazo.
— ¡Ah! ¿Sois vos, señor? —exclamó como si hubiese visto a su marido el dÃa anterior—. Se dirÃa que os disponéis a salir de nuevo, pues, según me parece, no habéis hecho ademán de necesitar silla.
Estas palabras produjeron su efecto; el barón se animó, y avanzando algunos pasos, fue a sentarse en la misma silla en que estuvo Benedetto.
— ¡Se siente hoy bastante frÃo! —dijo él abrochando su casaca.
—No he tenido tiempo de pensar en semejante cosa; creo que la acción de escribir y de pensar nos calienta en sumo grado.
— ¡Ah! ¿Entonces habéis escrito mucho?