La Mano del Muerto

La Mano del Muerto

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—Terminé hace poco o nueve cartas para diferentes plazas; encargando en unas las remesas de mis capitales y en otras el cumplimiento de ciertas órdenes...

—No sé cómo pasáis sin una de ésas máquinas de copiar que se llaman secretarios, señora baronesa.

— ¡Oh! desde que tengo el gusto de vivir sola, no quiero nada que pueda hacer desconfiar un momento, señor barón. Bueno, ya que habéis tenido la atención de venir a saludarme... ¿acaso podré seros útil en alguna cosa? —preguntó.

— ¡Señora! ¿Me juzgáis de tal modo egoísta?

—Nada tendría de extraño —dijo ella riendo—; un banquero... perdonad... no sé si continuáis en Roma vuestro oficio de París, pero creo que vuestros seis millones no habrán permanecido cerrados en caja. ¡Ah!, a propósito de París..., ¿no habéis vuelto a París?..

—Me han retenido en Roma negocios importantes,

— ¡Creo que el clima de Italia os sienta bien! —continuó la baronesa.

—Lo pasaría bien en Francia... —respondió el barón—; pero ahora creería pasarlo mejor en Roma; esto es, si vos pensáis permanecer aquí.


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