La Mano del Muerto

La Mano del Muerto

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— ¡Oh! no... pienso partir para Civita-Vechia —se apresuró a responder la baronesa, fingiendo no haber entendido las palabras del barón, que suspiró hondamente— ¡habéis adquirido nuevas costumbres, señor barón! En París nunca os vi suspirar.

—Entonces, señora... en París yo no sufría

— ¿Y padecéis, acaso, en Roma?

— ¡Oh!

— ¿No hay buenos médicos aquí? Creo que Italia es más fecunda en sus cantores.

—Señora mi mal es superior a la inteligencia de cuantos médicos hay, no sólo en Roma, sino en toda Europa —dijo el barón Danglars, recalcando mucho las palabras.

—Entonces, ¿cuál es vuestro mal? ¿Nervios, tal vez? Es la enfermedad del día.

—Nervioso... sí, señora; disteis con la palabra —respondió él—. El exceso de sensación produce esa dolencia que llaman de un modo muy vago.

— ¡Oh! eso lo encuentro muy serio, barón. Tenéis sensaciones intensas... y eso es malo.

—Suponeos... el recuerdo —dijo el barón, acompañando la palabra con uno de sus más profundos suspiros improvisados.

— ¿El recuerdo? —repitió ella— ¿recuerdo de qué? ¿perdisteis tal vez algunos fondos?


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