La Mano del Muerto
La Mano del Muerto —Perdà más que eso... Os perdÃ, señora —dijo el barón haciendo un desgraciadÃsimo gesto cómico que hizo reÃr a la baronesa, con aquella risa estudiada, seca y temible.
— ¡Que tal! —dijo ella—, ¿Y no os acordasteis de poner avisos? Creo que siempre lo esperasteis todo el tiempo y de la paciencia, mi querido barón.
— ¡Oh! si, lo esperé todo porque vos sois un ángel y descendiendo un poco a la tierra, sois una mujer como pocas y vuestra inteligencia llega a lo maravilloso.
—Y vos sois un hombre harto amable —dijo ella, continuando al cabo de una breve pausa—; ¿sabéis que me ha gustado hablar con vos?
—Dejemos eso; pero creo que me habéis dicho que pensabais partir para Civita-Vechia...
—Tal vez lo dijera... pero ya desisto de hacerlo; viajar sola es muy triste.
—Ciertamente, baronesa, es muy triste. Yo detesto el aislamiento y una vez que de este modo convenimos en nuestros gustos, yo llevo mi atrevimiento hasta el punto de ofreceros una compañÃa...
—Eso es tan vago...
—La mÃa.
— ¿De veras? ¡Sois encantador! Yo la acepto, barón, la acepto con interés.