La Mano del Muerto

La Mano del Muerto

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—En efecto —dijo Luisa— sólo a un príncipe podría ocurrírsele regalarte esta corona que en el oro y los brillantes resplandecen sin cesar.

Apenas se vio sola, Eugenia, buscó con mano trémula y agitada un objeto cuya presencia adivinaba, efectivamente, un pequeño papel cuidadosamente doblado y sujeto entre las flores cayó entre sus manos. Eugenia delirante la leyó:

«Señorita: «Desde la primera noche que os he visto, sentíme preso y fascinado como todo el auditorio, ante el cual aparecíais, por la expresión enérgica de vuestros ojos, de vuestro genio. Creyendo que esa sensación no pasase de la que generalmente me habéis producido hasta hoy, hice esfuerzos para evitarla y aun olvidarla; pero vuestro recuerdo me seguía siempre, y conocí que en mi pecho se abrigaba algo real y positivo que despertaba con él el recuerdo de vuestra bella imagen. Hoy no vivo ni pienso sino por vos, y llega mi locura al punto de haceros una declaración, como tantas que habréis aceptado; pero que no es como aquéllas, dictada por los labios. ¡Entre las sombras y el silencio existe un hombre poderoso que os adora con lo íntimo de su alma, y que sufrirá una eternidad de tormentos, por una sola palabra de vuestros labios!...»

 

 

XVIII EL BANQUERO RETIRADO

 


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