La Mano del Muerto
La Mano del Muerto Benedetto contó lentamente las campanadas del reloj del santuario que daba las doce.
—Es la hora en que yo nací; en este día siempre me sucede algo fatal... ¡Hoy estoy en vuestro poder!
Y, al decir esto, dejó caer la frente sobre el pecho, cruzando los brazos.
El procurador del rey se secó el sudor que le inundaba el rostro y dejóse caer sobre la silla como si reconociese allí la voluntad inexplicable de Dios.
Daban las ocho de la mañana cuando un carruaje que iba por la calle Cocheron, fue a detenerse frente a la residencia del procurador del Rey, en cuya puerta apareció el portero.
—Abrid la puerta —dijo el cochero—; ¿o queréis que una señora baje en medio de la calle?
El portero se resistió en algo porque nadie acostumbraba a perturbar al procurador a tales horas; sin embargo la palabra señora, proferida por el cochero, venció los recelos del portero que abrió de par en par las hojas de la pesada puerta
