La Mano del Muerto
La Mano del Muerto A los que viven de grandes emociones, no desagrada nunca una mujer como la baronesa Danglars. Su orgullosa sonrisa; su semblante altivo y determinado, aunque sumiso y hechicero cuando se dejaba vencer; su mirada elocuente, su gran locuacidad, todo ayudaba a que los jóvenes de gran mundo la catalogasen en la relación de las leonas, a pesar de haber pasado ya la primavera de la vida.
Tal era la condición en que se tenía a la baronesa Danglars en el año 1837.
En una noche del mes de septiembre de ese mismo año, las salas de su palacio estaban iluminadas de forma deslumbrante y se iban inundando de personas que acostumbraban sus partidas. La baronesa estaba en todos los salones hablando con animación y recibiendo gran cantidad de galanterías de caballeros que la seguían o que la esperaban en diversos puntos por donde suponían que debería pasar.
— ¡Jesús! ¡Qué aspecto tan melancólico, señor Beauchamp! —exclamó, dirigiéndose a un caballero de fisonomía severa y sensiblemente expresiva—. Se diría que venís dispuesto a encolerizaros con nosotros, porque, según me han dicho, habéis perdido la semana última...
—No, señora baronesa, yo no llevo cuenta de lo que pierdo al juego... no juego por especulación, y hacéis mal en suponer lo contrario.
