La Mano del Muerto
La Mano del Muerto — ¡Oh! ¡Indudablemente!... —contestó la baronesa con irónica sonrisa, dándole el brazo—. Vamos... ¡Me causó preocupación vuestra fisonomÃa! Contadme, para devolverme la tranquilidad, las noticias recientes que tenéis...
— ¡Me la pedÃs a mÃ, hermosa baronesa...! Ahà tenéis al caballero Luciano Debray que os las dará mejores.
—Señor; dejad al ministro absorto en sus grandes ideas ministeriales. ¡Hasta recelo perturbarle por miedo a que me exponga algún proyecto de ley, cosa siempre enojosa!...
— ¡Quien! ¿El ministro?
— ¡No, el proyecto!
— ¡Pobre Debray! —murmuró Beauchamp—; no merece la ironÃa de vuestras palabras, mucho más teniendo en cuenta que cuenta con más méritos en el ministerio que muchos otros que lo han ocupado.
—Asà debéis hablar, señor, para que os paguen en la misma moneda respecto de vuestro nuevo cargo de procurador del rey, ¿lo oÃs?, no sea que acabéis como vuestro antecesor...
Un ligero rubor coloreó las pálidas mejillas de la baronesa, cuyo brazo se estremeció sobre el de Beauchamp. La señora Danglars quedó arrepentida de las palabras que habÃa pronunciado.
