La Mano del Muerto
La Mano del Muerto —No, señora baronesa —se apresuró a decir Beauchamp, como si se hubiera aprovechado de ellas para colocarse en el terreno que deseaba—. ¡No tengo ninguna duda de que no me sucederá lo mismo, al menos por igual motivo!
— ¡Señor!...
—Perdonad, baronesa, nadie oye ni sospecha nuestro tema de conversación prosiguió el magistrado.
—Basta, señor Beauchamp, basta; ya conozco cuanto aspirabais a decirme... eso me disgusta y me incomoda; ¿no lo sabéis? Os habÃa pedido noticias para olvidar la impresión que me produjo vuestra fisonomÃa severa y triste; dádmelas como cuando erais simple redactor de un diario, esto es... risueño, placentero... alegre.
El magistrado miró fijamente a su interlocutora, como si quisiera leer su fisonomÃa.
— ¡Cómo! —exclamó ella riéndose con la mejor voluntad—; ¿el antiguo periodista ahora sólo sabe ser magistrado?
—No, señora; con vos siempre soy el mismo, dignaos creerlo asÃ; pero es que las noticias que tengo que daros... ¡No pueden salir de los labios de un periodista, como vos decÃs!...
Beauchamp enfatizó en estas últimas palabras que hicieron estremecer de nuevo a la señora Danglars.
