La Mano del Muerto

La Mano del Muerto

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— ¿Y por qué? —preguntó ella procurando vencer un indefinido miedo—. ¿Os habéis propuesto hacerme morir de desasosiego esta noche?

—No pueden salir de los labios de un simple periodista —respondió Beauchamp—, porque se refieren a una señora a quien el magistrado aprecia y respeta mucho.

Por el acento del magistrado y por la expresión de su mirada, supo la señora Danglars que no debía insistir más; sin embargo, con la intención de conocer si la noticia se refería a ella, dióse vuelta, y abandonándole el brazo, dijo:

—Bien, señor..., por la misma razón respeto a esa señora. Guardaos la noticia.

La baronesa perdió el juego, porque el magistrado permaneció imperturbable.

— ¡Oh! ¡Tu semblante es de bronce! —se dijo para sí el magistrado, viendo alejarse a la baronesa—. ¡Pero yo no creo el artificio como todos los que te rodean! ¡Se halla en tu pasado un secreto terrible que guardas cuidadosa a los ojos del mundo; pero no a los míos! ¡Hay en tu vida presente algo de bajeza que disimulas con escrupulosidad en el fondo de ese pecho de mármol! Trabajemos; poseo ya un secreto importante del pasado, y descubriré el resto hasta la actualidad.


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