La Mano del Muerto
La Mano del Muerto Cuando llegó junto al centinela, le enseñó el pase, y siguió adelante sucediéndole otro tanto a la salida de la cárcel; y ¡vedlo ya en libertad!
Una vez que Benedetto se sintió libre en la calle, le faltó aquel aplomo y firmeza con que había ejecutado su plan de evasión. Recién entonces la sangre le quemaba en las venas, pareciéndole oír todavía los moribundos sollozos del carcelero. Su misma sombra le causaba estremecimiento y al no poder dominar su miedo echó a correr insensatamente como si le persiguieran cuantos soldados componían la guardia de la Forcé.
Media hora después se encontraba ya a gran distancia de la cárcel, y sólo entonces paró para tomar aliento, observando alrededor de sí, como para ubicarse.
—Por fin —se dijo— soy libre, el mundo es grande, y si el conde de Monte-Cristo no ha muerto he de toparme con él; pero... sesenta mil francos no son suficientes para cuanto preciso. No obstante, ya aumentaré mi capital, y, entretanto, marchemos a buscar albergue.
