La Mano del Muerto
La Mano del Muerto Acordóse entonces de una de aquellas tabernas que abundan en París, en las que un huésped poco escrupuloso recibe a cualquier hora de la noche al que golpea a su puerta, y Benedetto, un poco más calmado de la agitación y del miedo, se dirigió a una de esas pocilgas que le era conocida, situada en uno de los más inmundos barrios de la ciudad. Protegido por la oscuridad de la noche y la espesa niebla que pesaba sobre París, envolviéndole en su movible misterioso manto, el famoso asesino llegó sin el menor encuentro con las rondas a la puerta de la posada, a la que llamó, dando enseguida un débil grito semejante al de la lechuza.
El posadero, al oír aquella señal, comprendió que podía abrir su puerta sin temor, y lo hizo así luego; envolviéndose en un cobertor salió de una especie de andamio formado de tablas, suspendido en dos estacas y dos cuerdas que pendían del techo de un enorme camaranchón.
— ¡Hola! Muchacho: entra.
—Buenas noches.
—Si acaso quieres cama no la hay porque todas están ocupadas —dijo el posadero, señalando con el brazo el largo y húmedo dormitorio en que se esparcían los rayos débiles y rojizos de una linterna que había en el agujero de una pared y cuyo humo infecto hacía mortal aquella atmósfera.